Reforma tributaria: síntomas de una regresión anunciada ad portas de una depresión.

Reforma tributaria: síntomas de una regresión anunciada ad portas de una depresión.

En los últimos meses se ha venido gestando de forma decisiva un documento que genera pánico generalizado en la sociedad colombiana, cuyo nombre despierta temor entre naturales y pavor entre la clase media. Exactamente, hablamos de una reforma tributaria, un término que se volvió recurrente entrado el siglo XXI en Colombia, pues desde el año 2000 se han adelantado 12 reformas de esta índole; un claro síntoma que las finanzas del estado, manejadas por el gobierno, no han podido estabilizarse desde hace más de 20 años. 

Pero, ¿Qué es una reforma tributaria? En los círculos económicos se suele concebir que dicho mecanismo, “se crea para conseguir más recursos y poder adelantar programas sociales u obras que de no ser así no se podrían lograr; el país no dispone de tantos recursos acumulados, pues tradicionalmente gasta más de lo que recibe”[1]. Una primera mirada de una reforma tributaria deja entrever un problema sustancial entre activos y pasivos, debido a que el estado debe mantenerse es menester encontrar fuentes de financiación vía impuestos, activos internacionales, regalías y activos del estado en cartera principalmente. Existe otro tipo de financiación estatal, pero, en líneas generales, desde el punto de vista macroeconómico, se suelen establecer estos grandes grupos. 

Al investigar un poco a profundidad sobre las fuentes de financiación del estado colombiano, salta a relucir una particularidad: la economía colombiana es una economía fósil. Desde el punto de vista de los sectores económicos, la economía nacional se sostiene en gran medida del sector primario de la economía en materia de venta y exportación de hidrocarburos y minero energéticos. Lo anterior, resulta llamativo porque Colombia no es un país petrolero, pero hace depender peligrosamente su economía central de los combustibles fósiles referencia WTI, así como de la exportación de Carbón. Ambos mercados son muy volátiles en términos de estabilidad económica, cuya particularidad significa una posible recesión en tiempos de baja demanda al alterar una parte del ciclo económico normal.

Lo anterior contrasta con la posibilidad dentro de una reforma tributaria de desestimular el uso sostenido de energías no renovables hacia una transición del modelo energético de país. El problema es que estas iniciativas resultan, por lo general, en afectaciones a intereses particulares sobre el mercado. Otra de las particularidades de las reformas tributarias de carácter regresivo es que no han sido capaces de contener ni corregir el fenómeno de capitales en paraísos fiscales. En promedio, existen 90 billones de pesos en cuentas extranjeras que, de gravarse correctamente, impedirían en gran medida  el fenómeno de reformas tributarias cada dos año en promedio desde el 2000. La evasión fiscal sigue siendo una problemática mayor que el estado debe atender vehementemente para contrarrestar la necesidad de aplicar medidas de gravamen en lapsos tan cortos. 

Enajenar activos del estado representados en empresas públicas para obtener recursos tampoco es una buena fórmula de gestión de la deuda. En primera medida, la privatización deja sin margen de maniobra al estado en términos de política macroeconómica en la medida en la cual pierda peso en el mercado. En segunda instancia, bajo esa mirada, los derechos pasan a ser servicios, cuya garantía ya no recae en manos del estado y por tanto, su mercantilización es plausible. Por último, un estado que elige el dinero fácil, elige una forma en la cual el sistema financiero lo hace colapsar fácilmente. 

Bajo esta mirada el gobierno toma préstamos internacionales vía calificación de crédito internacional por empresas dedicadas a analizar y categorizar el tipo de préstamo a un país mediante su capacidad de pago. La pandemia ineludiblemente produjo una contracción de la economía mundial y Colombia se vio obligada a obtener préstamos por miles de millones de dólares provenientes del FMI, BID Y Banco Mundial. El pago de deuda externa que aumento más del 60% con relación al PIB durante los últimos 4 años es una clara señal de que la economía del país está en recesión y el agravante de la pandemia llevo a la caída más fuerte de la economía en décadas. Si a esto se le suma la voluntad política del gobierno y sus prioridades económicas, se tiene un panorama poco alentador de cara a los próximos años en términos económicos. 

De la tercera reforma tributaria en tres años hay muchas cosas llamativas, como el aumento del IVA a gran parte de la canasta familiar, el gravamen a la retención en la fuente de personas que ganen más dos millones quinientos mil pesos, los impuestos verdes, a las pensiones y al patrimonio. A primera vista, las particularidades de gravar los alimentos con un IVA del 19% es preocupante, porque también habrá un incremento del precio de la gasolina y por ende, el incremento de la cadena de producción y distribución es más sustancial; solo para poner un ejemplo. Otra cuestión es el impuesto al patrimonio del 1% al patrimonio, el cual debe ser mayor y progresivo, con miras a rastrear posibles evasiones fiscales en el exterior. 

Es paradójico que la reforma tributaria esté pensada para castigar a la clase media del país en medio de una crisis, con el agravante de la desigualdad social en un Gini de 0.538 y los efectos de una recesión con tintes de depresión a futuro. Un coctel molotov que puede tener grandes repercusiones sociales y políticas, con miras a unas elecciones el próximo año que auguran ser inflexivas si se tiene en cuenta un contexto de pandemia. De cualquiera manera, la reforma tributaria promete ser una discusión con incidencia directa en la agenda pública de cara al 2022, un año trascendental para Colombia en su contexto regional y un año contrarreloj para el mundo en su lucha contra el principal reto de la humanidad y su relación directa con la economía en el siglo XXI: el cambio climático. 
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