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A los 19 años, por propia iniciativa y con mis recursos personales, armé un ejército con el que liberé a la República de las facciones que la oprimían…

Cita extraída de la Res Gestae, el testamento político del Primer Emperador de Roma: Octavio Augusto

El siglo I a.C. fue un periodo muy turbulento en la historia de Roma. Las contradicciones socioeconómicas que arrastraba desde la época de los Graco; en lugar de reconducirse, se agravaron. Y la República se hundió en el caos. Los enfrentamientos partidistas degeneraron en broncas, trifulcas, revueltas sociales (cómo olvidar la gran rebelión de Espartaco. Nunca entenderé porque no escapó a través de los Alpes cuando pudo hacerlo…) y, finalmente, en durísimas guerras civiles que dejaron a la metrópolis al borde del colapso. Asimismo los pueblos itálicos más reivindicativos y algunas provincias recién conquistadas intentaron pescar en río revuelto para sacudirse la dominación romana que los cosía a impuestos. Éste será el caso de los samnitas y de los griegos de la Grecia continental (éstos últimos se aliaron con el principal enemigo de Roma, el rey Mitrídates VI). Visto en retrospectiva, parece un milagro que el Imperio lograra sobrevivir a semejante desbarajuste. Pero lo hizo! En este artículo veremos “cómo”.

El problema de fondo radicaba en la fallida reforma agraria que los Graco intentaron aplicar varias décadas atrás. La población de Roma se acercaba presta y veloz al millón de habitantes y toda esa gente tenía que alimentarse con los escasos excedentes del campo italiano. Cualquier caída en la producción agrícola generaba tensiones y hambrunas en las ciudades que exacerbaba la división social entre patricios y plebeyos. Cada bando intentaba aplicar sus reformas o “contrarreformas” desde las instituciones que controlaba; fuera el Senado o el Tribunado de la Plebe. Sin embargo con el paso del tiempo la distinción entre patricios y plebeyos se diluyó dando lugar a dos “partidos políticos” que se enfrentaban a cara de perro por cualquier cosa. Por un lado estaban los optimates o “los hombres excelentes” que descendían de la vieja, rica y arrogante aristocracia romana instalada en el Senado; y por el otro los populares, cuyas huestes se nutrían de plebeyos, caballeros y aristócratas favorables a las reformas. A diferencia del pasado, ambos grupos estaban infiltrados en el Senado, en el Tribunado de la Plebe y en un montón de instituciones más. Lo cuál hacía prácticamente imposible el gobierno de la República.

El rápido crecimiento de la población urbana se debió al flujo migratorio del campo a la ciudad. Tras cada campaña militar, el ejército romano era desmovilizado y gran parte del campesinado que nutría sus filas se quedaba a vivir en la capital. No regresaban a la campiña porque la vida en la urbe estaba subvencionada por la riqueza que Roma extraía de las provincias; una riqueza que, por otro lado, condenaba a la pobreza a los campesinos italianos (ya que la superabundancia de productos agrícolas en los buenos tiempos provocaba fuertes caídas de los precios). Esta dinámica propició la aparición de grandes latifundios controlados por los optimates que sustituyeron con mano de obra esclava los huecos que sus compatriotas dejaban al emigrar a la ciudad. Cuando la economía iba bien “todos eran felices y comían perdices”; pero cuando ésta se ralentizaba debido al parón de las conquistas, volvían las tensiones y los enfrentamientos fratricidas. Entonces los populares reactivaban sus proyectos sobre la reforma agraria que encolerizaba a los terratenientes y a los pueblos itálicos que temían la “nacionalización” de sus tierras en beneficio de las clases populares romanas.

Desde el punto de vista actual, cuesta imaginar que la agricultura fuera tan importante… Pero en aquella época la posesión de la tierra lo era todo! Para entender cómo se desarrollaron los acontecimientos vamos a fijarnos en la trayectoria política del que para mi fue el más grande de todos los romanos (junto a Augusto, claro está). Me refiero a:

Lucio Cornelio Sila “Félix” (138 a.C.-78 a.C.)

Fue un personaje irrepetible. Un gran estadista y militar. Era guapo y algo afeminado, inteligente, divertido, amante del riesgo y de las mujeres, muy amigo de sus amigos e implacable con sus enemigos. Un jugador nato. No le gustaba deber favores a nadie y nunca sabías lo que se traía entre manos… Moralmente ambiguo, fue uno de los elegidos por Maquiavelo como ejemplo de buen gobernante en su conocida obra “El Príncipe”. Uno de sus rivales políticos, Cneo Papirio Carbón, lo definió así: En él duerme un zorro y un león. Y el zorro es mucho más peligroso que el león. En definitiva, un tipo muy complejo. Pertenecía a la rama más empobrecida del clan de los cornelios y hasta los 30 años, malgastó las escasas asignaciones de su familia en llevar en una vida disipada en el teatro y en las tabernas que proliferaban por toda Roma.

Cuando parecía que su vida no tendría “ni oficio ni beneficio”, encontró el patrocinio de una rica cortesana que se enamoró locamente de él. Gracias a su mecenazgo pudo iniciar su carrera política en el cursus honorum para optar a las magistraturas que detentaban el poder ejecutivo de la República. A partir de entonces dio rienda suelta a su ambición. El mejor modo de progresar en el escalafón jurídico-administrativo del Estado, era distinguiéndose en la política exterior romana: en el ejército. Si lo hacías bien, la fama y el dinero acudían a tu puerta y podías comprar las lealtades y los votos necesarios para optar a cargos de mayor responsabilidad. Está claro que Sila siempre quiso llegar a lo más alto, al consulado; pero al principio tuvo que conformarse con la cuestura de las legiones romanas desplegadas en África que luchaban contra Jugurta, el rey de los numidios. La guerra llevaba años estancada y prometía eternizarse en el tiempo. El cónsul Cayo Mario, el líder de los populares que entonces era el hombre más poderoso, no sabía que hacer… Y delegó en el joven cuestor la tarea de solucionar el conflicto por la vía diplomática. Contrapronóstico, Sila consiguió comprar la lealtad de los aliados del monarca numidio y Jugurta terminó sus días en el calabozo que había debajo del Foro, dónde fue estrangulado.

Este éxito propulsó su carrera política. Ganó la elección a tribuno militar y obtuvo el mando de una sección del ejército que luchó contra las tribus germánicas que pululaban por el norte de Italia. La invasión de los cimbrios y los teutones suponía la mayor amenaza que había encarado la República desde la época de Aníbal. No era un asunto baladí. Como buen jugador, Sila comprendió que la guerra podría ayudarle a progresar en la escala del cursus honorum. Así que puso toda “la carne en el asador”. Salió victorioso de todos los encontronazos que tuvo con los germanos y dirigió magistralmente a la caballería a través de la niebla en la decisiva y brutal batalla de Vercellae; que se saldó con 140.000 bárbaros muertos y unas pocas bajas romanas. Las normas no escritas de la política republicana otorgaban al cónsul Lutacio Catulo la gloria por la victoria. Al fin y al cabo era el comandante en jefe… Sin embargo Sila tenía otros planes y logró convencer al pueblo de que él era el auténtico campeón de Vercellae. Este movimiento “político” creó un gran malestar en las filas populares. Pero el viejo Mario prefirió actuar a “lo Rajoy”; es decir, no hizo nada. Quizá porque no había caso. Y dejó que el joven optimate se presentara al cargo de pretor. Ya habría tiempo de ajustarle las cuentas…

En cualquier caso, todos estos acontecimientos demostraron que Sila era un “hombre excelente”. Consiguió la pretura y se trasladó a Cilicia en calidad de gobernador. Durante los años que estuvo fuera, los dos partidos mantuvieron una tensa “paz armada”. El inicio de las hostilidades comenzó tras la elección de Marco Livio Druso como tribuno de la plebe. Había muchos temas por resolver. Aunque el problema más grave era el de la financiación del Estado. La población de Roma seguía creciendo y los recursos para alimentarla eran muy escasos. Se imponía una reforma urgente de todo el sistema que permitiera reconducir la situación. Lo lógico es que Druso hubiera consensuado sus decisiones. Pero no lo hizo, tiró para adelante y consiguió cabrear a todo el mundo. Se embarcó en una desbocada política “keynesiana” que al final le salió rana… Devaluó la moneda para llenar las arcas del Tesoro e impagar parte de la deuda pública que estaba en manos de la clase ecuestre; subvencionó el precio de los alimentos y presentó una ley de reforma agraria incluso más radical que la de los Gracos. La letra secreta de la reforma agraria establecía que las élites itálicas correrían con todos los gastos a cambio de obtener la ciudadanía romana (lo que les abría la puerta del Senado). Cuando se descubrieron los tejemanejes de Druso alguien lo asesinó en su casa. Entonces la relación entre los dos partidos se tensó al máximo. La guerra civil parecía inevitable… Pero entonces todos los pueblos itálicos se alzaron en armas contra Roma.

Cuando estalló la rebelión Sila ya llevaba un par de años viviendo en la península. Desde su vuelta, Mario y él habían intentado eliminarse políticamente en repetidas ocasiones. La cosa había quedado en empate. Pero tras el levantamiento de los italianos, formaron una “extraña pareja” para defender los intereses de la Patria. Aunque los dos se distinguieron en el campo de batalla –la guerra duró 3 años-, fue Sila el que se llevó toda la gloria. En el año 88 obtuvo el anhelado consulado y se convirtió en el líder indiscutible de los optimates. No está mal para el jugador de poca monta que en su juventud frecuentaba los burdeles y las tabernas capitalinas… Un poco más tarde, su rivalidad con Mario empeoró cuando éste organizó una especie de “golpe de Estado” que le sustrajo el mando del ejército que tenía que enfrentarse a Mitrídates VI y a sus aliados griegos. El cambio de poder fue posible gracias al apoyo de los caballeros y a la traición de algunos optimates importantes que cambiaron de bando. La situación olía a encerrona, pues Mario ya era viejo y no tenía energías para combatir a nadie… Así que Sila hizo algo inconcebible: arengó y calentó a sus tropas con el botín que “les querían robar” y marchó sobre Roma. Expugnó la capital, sometió a los populares más radicales, puso a sus amigos en el poder y partió para oriente para saldar la deuda contraída con sus legionarios.

Sin embargo cuando llegó a Grecia empezaron los problemas de verdad. Todo lo que podía ir mal, fue a peor. Las penalidades por las que pasó su ejército son legendarias. Es extraordinario que Sila consiguiera sobrevivir ante tanta adversidad. Tras su salida de Roma, Mario reorganizó a los populares y dio un golpe de Estado en toda regla que masacró a los optimates que se habían quedado al mando. Desató el terror y compuso un nuevo ejército para que se enfrentara a los silanos establecidos en la Hélade. Lo que pasó a continuación es una “historia” alucinante. Desgraciadamente no puedo hundirme en los detalles porque sino el artículo quedará demasiado largo… Aunque esto es más o menos lo que pasó: Sila logró confraternizar con el ejército que tenía que capturarlo; machacó a los rebeldes atenienses y estableció un nuevo acuerdo de paz con Mitrídates VI tras derrotarlo en el campo de batalla. Terminada la faena, regresó a Italia. Fue el comienzo de la primera guerra civil entre romanos. Los populares presentaron una dura resistencia (ya sin Mario, que había muerto por circunstancias naturales), pero al final perdieron la contienda. Los silanos entraron en Roma desataron un contraterror semejante al que Robespierre y los jacobinos instauraron durante la Revolución Francesa. Nos cuenta Plutarco: El mismo Sila entró a la medianoche, causando terror y espanto con el sonido de los clarines y de las trompetas, con el griterío y la algazara de los soldados, a los que se dio entera libertad para el robo y la matanza… Corriendo por las calles, con las espadas desenvainadas… Es imposible calcular el número de muertos. Los ricachones se refugiaron en el Senado. Algunos estaban asustados por el griterío de muerte y destrucción que escuchaban a su alrededor y porque desconfiaban de la reacción de los optimates. Entonces Sila entró en el Senado y los tranquilizó: Sólo estoy castigando a unos golfos.

Lo que no sabían los senadores es que entre ellos había “muchos golfos”. Mandó ejecutar a 90 senadores, a 1600 caballeros y a más de 4000 ciudadanos romanos de tendencia revolucionaria. Su propiedades fueron confiscadas y subastadas a precios irrisorios para que pudieran adquirirlas sus amigotes. Grandes romanos como Craso y Pompeyo amasaron inmensas fortunas. Tras la depuración, Sila fue nombrado dictador por un periodo indefinido –el que él quisiera-; los tribunos de la plebe se convirtieron en una comparsa del poder establecido y reformó el Senado para incluir a toda su camarilla, que pasó de 300 a 600 miembros. Más de 10.000 esclavos fueron liberados y fundó varias colonias tanto dentro como fuera de Italia para que sus soldados pudieran disponer de la tierra a su antojo. Esa fue su particular Reforma Agraria. Al restablecerse el equilibrio entre la población urbana y los recursos agrícolas disponibles –debido a las matanzas y a la emigración de los soldados hacia las colonias-, pudo suprimir la subvención del precio del trigo. Su poder se basaba en la lealtad incuestionable de 120.000 legionarios a los que se había cedido de por vida el arrendamiento de la tierra pública. Una maniobra muy astuta que permitió su retiro de la vida política al cabo de cierto tiempo. En un momento dado, el general renunció a todos sus cargos y terminó sus días como simple privatus sin que nadie se atreviera a “toserle en el cogote”.

El Imperio a partir de Octavio Augusto

Lo curioso de la trayectoria política de Sila es que, en algunos aspectos, sirvió de inspiración para el gran Julio César. César era sobrino de Mario y, por lo tanto, un populare. Tras el terror que desataron los optimates escapó de la muerte gracias a las súplicas de su madre. Luego ese chaval daría mucho de que hablar… Con el tiempo se convirtió en otro gran general. Tras la conquista de la Galia, su ejército expugnó Roma y se enzarzó en una segunda guerra civil contra los optimates. A los que venció. Como Sila se nombró a sí mismo dictador por un periodo indeterminado; lo que a muchos les pareció una monarquía de facto y que fue la principal razón por la que fue asesinado en el Senado durante los idus de marzo.

La muerte de César desencadenó otra guerra civil. Y de esa contienda salió victorioso Octavio Augusto (cuyo tío abuelo era el propio César). Tras la eliminación de Marco Antonio y Cleopatra, Augusto se quedó sólo al mando de un Imperio que se extendía por todo el Mediterráneo. Todos los enemigos que podían hacerle sombra habían sido eliminados y la sociedad romana aceptó su ascensión al trono porque estaba completamente exhausta tras un siglo de guerras, matanzas y permanente inestabilidad social. El joven Emperador aglutinó todos los cargos republicanos en su persona: fuera el Consulado, el Tribunado de la Plebe, la Censura, el Pontificado Máximo, etc. Anuló la influencia política del Senado y se nombró a sí mismo Padre de la Patria. Su poder se apoyó en un ejército muy profesionalizado y en la lealtad de una Plebe satisfecha por su política de “Pan y Circo”.

Lo extraordinario de Augusto es que creó una nueva administración estatal; un nuevo Estado. Las viejas instituciones republicanas no fueron suprimidas, pero su existencia y financiación languideció con el paso de los años porque ya no tenían razón de ser.

Estatua de Octavio Augusto del Museo Chiaramonti, en la Ciudad del Vaticano (Roma)

Ese Estado lo financió y desarrolló con su riqueza personal. Era muchísimo más barato y efectivo que la vieja maquinaria republicana. Encomendó a sus libertos y a los miembros de la clase ecuestre el desarrollo de una administración centralizada que drenara hacia la Metrópolis los recursos de las provincias. Para conseguir ese propósito entre el año 6 y 8 d.C. creó la Praefectura Annonae; la institución encargada de regular el comercio del imperio, el transporte de mercancías y los suministros del ejército. La figura del Prefecto estaba por encima de la ley y sus procuradores en temas fiscales tenían más poder que los procónsules al cargo de una provincia. Desgraciadamente desconocemos los detalles contables de ese comercio porque los documentos se hacían con papiro y éste se ha perdido para siempre. Aunque siempre nos quedarán las ánforas… Me refiero al trabajo arqueológico de campo, que es muy importante. Gracias a los trabajos del Dr. Remesal en el monte Testaccio –en las afueras de Roma, una especie de vertedero donde los romanos depositaban las ánforas al final de su vida útil-, tenemos una idea bastante aproximada sobre la magnitud de los intercambios comerciales. Las provincias pagaban sus impuestos en especie para alimentar a la población de la capital y a las legiones que estaban desplegadas por todo el Imperio. Para Augusto era un asunto prioritario. Había aprendido de César que el malestar social podía ser aprovechado por sus rivales políticos para barrerlo del poder (aunque él fuera el Emperador). Así que Egipto suministraba el trigo, Hispania el aceite que venía en las ánforas –unos 6 millones de litros al año-, los salazones de pescado y el mineral para emitir monedas de curso legal, Grecia el vino, etc. Los transportistas estaban protegidos por el Estado y gozaban de amplias exenciones fiscales que los ayudó a enriquecerse y a elevarse en la escala social. Con el paso de los siglos esa actividad seria monopolizada por las grandes familias del Senado y del orden ecuestre; porque así podían evitar al fisco y desentenderse de su contribución para el sostenimiento de los gastos militares. Esa es otra razón más de por qué el Imperio Romano entró en decadencia. Aunque ése es “otro cantar…”.

Los soldados cobraban 2/3 de sus salario en productos de primera necesidad (alimentos, ropa y armamento). El resto lo cobraban en metálico. De este modo el Imperio no tenía necesidad de emitir demasiada moneda; lo cuál era muy conveniente, ya que el costo de su producción excedía su valor comercial. El numerario se reservaba para las grandes operaciones del comercio internacional; para la compra-venta de propiedades; y, por supuesto, para financiar grandes infraestructuras públicas con las que los soberanos daban empleo a la población “ociosa” de la capital. Las élites provinciales corrían con todos los gastos… Eran muy costosos porque el precio de los productos agrícolas estaban regulados a la baja por la ley y apenas se obtenían beneficios comerciales. Una pesada carga, sin duda. A cambio el Emperador les concedió la ciudadanía romana y les abrió las puertas del Senado. Con el paso del tiempo algunos de esos miembros “extranjeros”, como por ejemplo Adriano o Trajano –ambos de origen hispánico-, llegarían a ser grandes emperadores.

A partir de Augusto, la administración imperial será cada vez más grande y profesionalizada. Eso mejoró la recaudación fiscal y la eficiencia del sistema. Sin embargo de vez en cuando los soberanos despilfarraban el dinero en las campañas militares o en los planes de obra pública para satisfacer al populacho. Lo cuál dejaba las cuentas del Estado en números rojos… Para evitar la quiebra, los emperadores recurrían a todo tipo de artimañas y reformas administrativas que les permitiera incrementar el flujo de caja para saldar las deudas. La solución que encontraron en el siglo III fue devaluar la moneda; pero hasta entonces, se apañaron con soluciones mucho más imaginativas.

La crisis del año 33d.C

Tiberio fue el segundo emperador de Roma –Octavio era su padrastro-. Heredó un Imperio al borde la bancarrota porque su progenitor había gastado su fortuna personal en la creación de un nuevo Estado. De los 4000 millones de sestercios que Augusto tenía al comienzo de su mandato, Tiberio se encontró sólo con 150. Además su ascenso al poder coincidió con problemas en el suministro de grano hacia la capital; ya que con las cosechas de Egipto y del norte de África no bastaba. El Senado le propuso subir los impuestos. A lo que Tiberio respondió: Es propio del buen pastor esquilmar a las ovejas, no desollarlas. Encontró a otros a los que desollar, a los ricos. Primero por la vía expeditiva y luego por la vía de la conspiración. Y es que la “lucha de clases no siempre es cosa de ricos y pobres…”.

Los allegados de Tiberio palmaron por la vía expeditiva. A su amigo Cornelio Léntulo lo acusó de crimen de lesa majestad y no lo dejó en paz hasta que lo nombró heredero de sus cuantiosos bienes. Luego lo obligó a suicidarse. Y a Sexto Mario lo acusó de incesto con su hija y lo arrojó desde lo alto de la roca Tarpeia. El caso de Mario es especialmente relevante, pues tras su muerte las minas de plata que éste tenía en Hispania pasaron a manos del monarca (las necesitaba como “agua de mayo” para emitir moneda con la que pagar las importaciones de trigo que el pueblo romano demandaba). Las propiedades confiscadas a Léntulo, Mario y a otros ilustres romanos fueron subastadas a buen precio; había tantas que tras la puja el precio de adquisición seguía siendo ridículamente bajo. En cualquier caso, gracias a las subastas el Tesoro salió de los números rojos y el Estado alejó el fantasma de la quiebra.

Y ahora llega la vía de la conspiración… Muchos senadores y caballeros ricos pidieron dinero prestado para comprar las tierras y propiedades subastadas. Las compras a crédito eran legales siempre y cuando el interés de los préstamos no sobrepasara el límite establecido en las leyes julias. Vulnerar la ley era muy frecuente esos días y las autoridades hacían la vista gorda a cambio de alguna “mordida” (señalar que la responsabilidad sobre el incumplimiento recaía en los prestatarios, no en los prestamistas). Con lo que no contaban los ricachones es con la actividad inusitada de los delatores. Cuando le pregunté a Pepe Remesal sobre las consecuencias de las delaciones para todos aquellos que habían comprado esas propiedades con créditos ilegales, se pasó “el dedo gordo por la garganta…” Y es que la política romana no hacía prisioneros. No seria de extrañar pues, que fuera el propio Emperador el que espoleara desde la sombra la campaña contra los senadores que querían sacar partido de las confiscaciones.

El Senado se alarmó y pidió la gracia de Tiberio. Éste les dio un año y medio para regularizar la situación. O dicho de otro modo; los senadores tenían que pedir otro préstamo, esta vez completamente legal, para saldar el anterior que violaba las leyes julias. El problema sin embargo es que las propiedades ya estaban compradas y los ricos no tenían cash… Situación que empeoró cuando los bancos se negaron a prestar por sus problemas con la falta de numerario; y también porque muchos de ellos esperaban que los ricos tuvieran que malvender sus tierras para evitar la “aniquilación física”. Sin duda esperaban pescar en río revuelto… Finalmente el Emperador entendió que no tenía que degollar a sus ovejas y prestó a la banca 100 millones de sestercios sin intereses a un plazo de 3 años para que se los diera a los senadores.

Como consecuencia de todo esto una gran parte de la élite se arruinó; ya que para acceder al préstamo concedido por el soberano a través de la banca, tuvieron que presentar una garantía fiduciaria cuyo valor doblara el crédito concedido (normalmente en forma de tierras y propiedades). Así pues al final de esta historia el Emperador se forró, los banqueros se enriquecieron y varios centenares de ricachones lo perdieron casi todo.

 

La crisis del año 33d.C es interesante porque tiene muchas concomitancias con la crisis actual. Aunque os dejo a vosotros las reflexiones y los comentarios. En algún momento futuro haré un tercer y último artículo sobre Roma para explicar la crisis del s.III y el final del Imperio Romano de Occidente. Aunque creo haber explicado algunas de las causas: como la evasión de impuestos por parte de las grandes familias o la incapacidad de la agricultura antigua para producir más en un entorno donde la población urbana no paraba de crecer. Mientras tanto quiero darle las gracias otra vez al Dr. Remesal por la deferencia que ha tenido conmigo a la hora de elaborar estos posts.

 

Un abrazo amigos/as!!

El Doctor José Remesal es catedrático de Historia Antigua por la Universidad de Barcelona y miembro de la Real Academia de Historia. Sin duda uno de los máximos expertos mundiales en economía romana y un gran conocedor de la historia romana en general.

  1. #10
    siperono

    Estupendo , como siempre

    Aunque como Quinto Sertoriano que soy no se como tomármelo... . Y si , cuantos Marios había en Cesar ...

    1 recomendaciones
  2. en respuesta a Claudio Vargas
    #9
    Desconfiado

    ¿por que antes se vivía mejor que ahora?
    Como yo lo veo, cada cual cree que su tiempo ha sido o fue mejor. Los de antes no conocían las tecnologías y comodidades de ahora, por tanto no podían hecharlas de menos.
    Hay que ponerse en la mentalidad de la época y como vivían sus vecinos "los bárbaros" y ... sin lugar a dudas los Romanos vivían muy bién.
    Habría que compara como vivía un rico de la época un comerciante -busgués- un abrero, y un esclavo. Creo nos sorprendería lo parecido que es ahora. La mayoría de nosotros pensamos que en aquella se vivía muy poco y ... es parcialmente erróneo, los que podían vivr muy bine superaban los 60, 70 y 80 años. ¿Que les ocurría al resto? puesq ue morían en guerras, la mili romana era de 20 años!! y supongo que no regresaban al final ni el 15% (por defuncion o por quedarse en otras tierras).

    Las túnicas y ropajes que usaban eran de como los de ahora: tenian/tenemos desde telas de 30 mil euros m2 a Zara y los mercadillos. Nacías sin luz electrica y sin calefación, pero estaban acostumbrados.
    Ahora chuleas con tu Bently/cuadriga de caballos; mercedes (semental espectacular); seat (caballo); dacia (burriquillo, jajaja) y los de apié.
    Yo lo veo todo igual, solo cambia la pintura exterior.... son mis observaciones...

    seguiré observando, jajajaja

    PD. ¡¡Como me hubiese gustado tenerte de profesor (en Jerez, al cornudo le llaman "maestro", de ahi lo de profesor, jajaja )

  3. #8
    stop luiss

    Muy interesante!

  4. en respuesta a Quiebra S.l.
    #7
    Claudio Vargas

    Gracias a ti Quiebra S.I. He intentado contar los hechos de la forma más amena posible. Espero que se me haya entendido porque hablar de tantas cosas en un sólo post es "complicadito". Lo que me fascina de la Historia es que en cierto modo no hemos cambiado demasiado. Tenían otros cultos, otras religiones, otros valores culturales si quieres; pero cuando se trataba del dinero, de la política o de la guerra, actuaban de un modo muy parecido a cómo lo hacemos ahora.

    Un abrazo!

  5. en respuesta a Mikem
    #6
    Claudio Vargas

    Desde luego no tenían compasión! Antes la vida era mucho más dura que ahora, sin duda. Sabes, ayer estaba escuchando a Soraya Sáenz de Santamaría diciendo que en "la política no vale todo!"; para criticar a su colega del PSOE, la otra Soraya, que la había acusado de cobrar sobresueldos "en negro". Joder Sorayita, parece que hayas nacido ayer... Te iría bien estudiar un poco de Historia de Roma para entender como es la política de verdad.

    Un abrazo Mikem!

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  6. en respuesta a abordes
    #5
    Claudio Vargas

    Así es Abordes. El poder establecido (el de ayer, el de hoy y el de mañana), siempre tergiversará la Historia para adaptarla a su discurso ideológico, sea el que sea. Aunque en Historia sea imposible ser "objetivo", tenemos que hacer un esfuerzo para comprender los acontecimientos tal y como se desarrollaron. Por eso la arqueología y los documentos escritos son tan importantes; porque arrojan luz "desapasionada" sobre hechos y realidades "objetivas". Claro que cuando los escritos proceden de historiadores de la época, hay que ir con cuidado, pues a menudo glorificaban la política del vencedor.

    Lo interesante de la Historia es que nosotros somos muy parecidos o exactamente igual que nuestros antepasados. Eso sí, somos más sofisticados. Decía Mark Twain que "la Historia no se repite, pero rima". Por eso creo firmemente que podemos aprender de los errores y aciertos de nuestros antecesores. Tal vez el "pueblo llano" no sea consciente de eso; pero sí lo son nuestros gobernantes. De eso no tengo ninguna duda.

    Fíjate en la crisis en la crisis del año 33d.C. Los bancos no prestaban para inducir la caída pronunciada de los precios. No te recuerda a algo todo eso... Por supuesto tenían problemas de "solvencia" por la falta de numerario -como ahora lo tienen por acumular deudas incobrables en sus balances-; pero no puede negarse que la negación del crédito estaba perfectamente orquestada y que tenía una finalidad: comprar más barato!! Por otro lado, en cierto modo, Tiberio recapitalizó a la banca con un crédito otorgado por el Estado; como el BCE recapitaliza a la banca a través de los LTRO o la FED a través de los QE. Sí, es mucho más sofisticado... pero es lo mismo. La única diferencia entre esa crisis y ahora, es que el coste lo está pagando la clase media y entonces la pagaron los ricos. Aunque eso podría cambiar en cualquier momento... Je je.

    Un abrazo amigo!

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  7. #4
    abordes

    Gracias Claudio por tus magistrales lecciones de historia.

    ¿Sabes?, yo, cuando era joven, llegué a odiar la historia. La historia que me enseñaron en un colegio religioso de los años 60 en los que la reducían a una retahíla de fechas, nombres de reyes y papas y batallas. Lo mismo que una letanía.

    Si alguna interpretación llegó a hacer mi estúpido profesor era para enaltecer el odio y la dogmatismo religioso.

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  8. #3
    Quiebra S.l.

    Saludos amigos,

    Qué instructiva es la historia, antigua o moderna. Me ha encantado el artículo, juicios y opiniones de cada situación incluídas!

    Saludos y gracias por el artículo.

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  9. #2
    Mikem

    !! Estaban locos estos romanos !!!

    Que interesante es siempre la historia contada de forma amena. Gracias Claudio.

    Un saludo.

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  10. #1
    Ismael Vargas

    Muy interesante Claudio, un saludo.

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