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Cuenta Tito Livio en su Historia de Roma que a comienzos del s.IV a.C. los senones cruzaron los Alpes y se internaron en el norte de Italia. Más que una incursión, se trató de una emigración; pues los guerreros celtas venían acompañados de sus familias y de todo lo que uno necesita para vivir en un nuevo lugar. Eran bastante numerosos y tenían ganas de gresca. Les atraían las riquezas de los pueblos que habitaban en las llanuras y su estilo de vida desenvuelto típico de las naciones que nacieron a la vera del Mediterráneo. Tras aplastar a los umbrios –probablemente el pueblo más antiguo de la península itálica-, se instalaron en la costa frente al mar Adriático, dónde fundaron una ciudad. Al cabo de unos pocos años, sin embargo, pusieron sus ojos en la vecina Etruria. Y la atacaron. Supongo que no eran tan competentes como sus vecinos en el desarrollo de la agricultura. Tras dilapidar el botín que les quitaron a los umbrios, había que ir a por más... En pleno fragor del combate, viéndose totalmente desbordados por aquellas gentes extranjeras y con la ciudad de Clusium a punto de capitular, los etruscos solicitaron el arbitraje de Roma.

Los romanos acudieron encantados al rescate porque aquél conflicto les ofrecía la posibilidad de extender su influencia política sobre las ciudades vecinas. Pero lo que tenía que ser una negociación de paz degeneró en discusiones, broncas, asesinatos y guerra. La verdad sea dicha: los romanos atizaron el fuego, con fuego. Finalmente ambos bandos quemaron el exceso de adrenalina en la batalla de Alia, en el año 387 a.C., que se saldó con una victoria incuestionable de los senones. Tras la misma entraron en Roma. La saquearon, mataron a casi todos los senadores y sitiaron a los últimos defensores que se habían refugiado en la colina del capitolio. Entonces la contienda entró en un punto muerto que fue aprovechado por los asediados para negociar el fin de las hostilidades. El caudillo galo, Breno, entendió que había llegado su oportunidad. No había encontrado el tesoro de la ciudad y estipuló un pago de 320 kilos de oro como condición para deponer las armas. Llegaron a un acuerdo. Así pues, los celtas sacaron la balanza y empezaron a pesar los objetos que les traían... En un momento dado del proceso, los romanos se dieron cuenta de que las pesas estaban amañadas porque aquellos “capullos” querían cobrarles de más. Se quejaron y la liaron. Pero entonces Breno arrojó su espada junto a las pesas y proclamó: Vae Victis!, “ay, de los vencidos”; o “esto es lo que hay, o lo tomas o lo dejas”.

Lo que no sabía Breno es que tras pronunciar esas palabras sus hombres serían sorprendidos por la llegada de un ejército romano al mando de Camilo –al que habían dado poderes de dictador-, compuesto por los supervivientes de la batalla, fugitivos y otros elementos de distinta procedencia. Aquello igualó las fuerzas y dicen las fuentes que cuando los dos líderes se encontraron, el romano le espetó: Non auro, sed ferro, recuperanda est patria (la patria no se recupera con el oro, sino con la espada). Y vaya si la recuperó... En la lucha que vino después los galos fueron derrotados y tuvieron que regresar a su ciudad. No salieron de Italia. Los jefes tribales eligieron a un nuevo líder y Breno fue obligado a suicidarse bebiendo vino puro hasta reventar.

No sería ni el primero ni el último de los enfrentamientos entre galos y romanos.

Los dilemas de la República

Este espisodio de la Historia es importante por varios motivos. Fue el primer encontronazo serio que los romanos tuvieron con las tribus bárbaras y casi no lo cuentan. Prueba de ello es que a Camilo lo nombraron “Padre de la Patria” y “Segundo fundador de Roma” tras los míticos Rómulo y Remo. La gravedad del momento les ayudó a contruir su identidad nacional y a diferenciarse de los pueblos extranjeros que vivían sin ley ni orden. Hay otra anécdota que merece ser contada. Cuando los galos entraron en el Senado poco después de la batalla de Alia, se encontraron a los patricios sentados en sus puestos completamente inmóviles. Estaban tan quietos que los creyeron muertos y deambularon por las estancia sin darse cuenta de nada hasta que uno de los senadores tiró de las barbas de un galo que lo miraba fíjamente. Lo cuál desató una matanza... Puede que los senadores fueran buenos actores, aunque no me cabe ninguna duda de que los celtas estaban impresionados por la opulencia que les rodeaba.

La Roma de este periodo ya estaba lista para dar “un gran paso hacia adelante”. Sus dirigentes eran orgullosos, ambiciosos y extremadamente clasistas. Pertenecían a la clase de los patricios; una agrupación de grandes terratenientes que se reunían en el Senado para consensuar la política exterior del Estado. Fuera de la polis ostentaban el poder absoluto, pero dentro dentro de la misma su poder e influencia estaban limitados por la potestad de los tribunos de la plebe (los represenantes que el pueblo elegía para que defendieran sus derechos ciudadanos). La relación entre patricios y plebeyos siempre fue muy complicada. Entre ambos grupos había muchos focos de tensión; aunque si tuviera que reducirlos a dos diría que las deudas personales y las levas para el ejército eran las mayores preocupaciones para el común de los romanos. Dos circunstancias que estaban íntimamente relacionadas.

Uno de los modos en que los ricos han sometido a los pobres desde el comienzo de la civilización, ha sido mediante el manejo “inteligente” de la deuda. Cuando un estamento social controla las fuentes de financiación, es cuestión de tiempo que el resto de los mortales tenga necesidad de crédito y acuda a él para asegurar su propia supervivencia. Eso pasaba en la Antigüedad y, si lo pensáis bien... sigue sucediendo hoy en día. En el caso que nos ocupa, los agricultores romanos necesitaban recurrir de vez en cuando al dinero de los patricios para rehacerse de las pérdidas ocasionadas por las plagas, heladas, sequías u otras inclimencias que periódicamente sacuden al mundo agrario. Los ricachones del Senado acudían prestos al rescate. La desgracia de los campesinos era su oportunidad para extender préstamos muy gravosos que aseguraban la “fidelidad” campesinado, que se las veía y deseaba para pagarlos. En realidad, casi nunca podía hacerlo... pues los intereses eran lo suficientemente elevados para que la deuda se reprodujera una y otra vez. Como consecuencia de todo esto los pequeños propietarios vivían en la semi esclavitud. A la clase dirigente le importaba un comino el sufrimiento de sus compatriotas. En cierto modo se guiaban por la máxima estajanovista de que “los campesinos siempre pueden pagar más”. Si lo hacían genial y si no pagaban se quedaban con sus tierras.

Esta tensión entre patricios y plebeyos ya era muy evidente a principios del s.IV a.C, cuando los celtas invadieron el norte de Italia. Tras la guerra contra el grupo de Breno, uno de los patricios llamado Manlio –que se había distinguido en la defensa de la ciudad- se puso del lado de los sufridos agricultores. Desconocemos los motivos, aunque es muy posible que estuviera preocupado por las tensiones sociales que podían comprometer el futuro y viabilidad de Roma como nación. En cualquier caso sus iguales no estaban de acuerdo y, tras un juicio sumario por traición, lo arrojaron desde lo alto de la roca Tarpeya. Los plebeyos no podían esperar nada de las élites que comandaban la República. Los que tenían arrestos huían del campo y se refugiaban en la ciudad. Allí los tribunos de la plebe los defendían y evitaban su ingreso en prisión a causa de sus deudas, pero poco podían hacer para alimentar a una población urbana que cada día crecía más a medida de que la sociedad romana se hundía en sus propias contradicciones. Hacía falta un plan B; un plan que safisfaciera los intereses de todo el mundo, un plan que frenara la emigración forzosa del campo a la ciudad y permitiera cubrir las necesidades de los más necesitados.

Los senadores empezaron a fijarse en la riqueza de sus vecinos. Durante los siglos IV y III a.C., Roma conquistó toda Italia. Sometió a los galos, a los etruscos y a los samnitas. Éstos últimos resistieron ferozmente, pero no pudieron contener el avance del ejército romano por la recién estrenada via Apia (la primera gran carretera del Imperio). Muchas tierras enemigas fueron confiscadas por el Estado y repartidas entre los los patricios y algunos plebeyos ricos que supieron aprovecharse de la situación. Las naciones conquistadas tuvieron que aceptar la maiestas de la nueva superpotencia regional; es decir, a contribuir económicamente con la causa romana y a proporcionar hombres para sus tropas auxiliares siempre y cuando ésta se lo exigiera. Los miembros de la élite republicana daban saltos de alegría. Nunca habían sido tan poderosos; gestionaban a su antojo los recursos de los territorios anexionados y veían como su influencia trascendía más allá de sus fronteras. En cambio, para la gran mayoría de los plebeyos la única diferencia entre “el antes y el después” fue un plato de lentejas de más en la comida diaria que les ayudó a controlar su malestar social.

La Via Apia, en las inmediaciones de Roma

Los siguientes de la lista fueron los griegos de la Magna Grecia –instalados en el sur de Italia y en Sicilia-. El Senado les tenía ganas porque se habían involucrado en las guerras italianas a favor de los samnitas. Aunque había algo más: Roma ambicionaba las cosechas de trigo sicilianas. La ciudad crecía muy deprisa. Se iba llenando de esclavos y de desheredados de la tierra que habían sido expulsados de sus campos por los patricios. Fueran o no ciudadanos romanos. Toda esa gente tenía que comer... En caso contrario, los líderes republicanos tendrían que lidiar con los mismos morlacos que enfrentaron sus antepasados; sobre todo el de evitar un estallido social que los apartara del poder. Me gustaría profundizar un momento en todo esto, porque es importante. Las políticas de conquista dinamizaban a corto y medio plazo el desarrollo de la economía de un modo parecido a cómo lo hacen hoy los QE de la Reserva Federal –salvando todas las distancias claro está, que son muchas-. Parte del botín se convertía en numerario, lo cuál estimulaba el comercio y la subida del precio de ciertos activos; y el resto se cobraba en especie a través de los impuestos que la República imponía a los pueblos derrotados. Todo esto tiene un lado bueno y un lado malo. El bueno es que la vida en la metrópolis mejoraba muchos enteros debido al incremento de las transacciones comerciales. Y el malo es que el campo italiano pagaba los platos rotos de la política imperial.

La economía de los etruscos, samnitas y demás sufría mucho porque sus excedentes agrícolas eran drenados hacia Roma para satisfacer la demanda local. Estoy convencido que todos ellos se sumieron inmediatamente en la recesión. Asimismo, al campesinado romano no le iba mejor; ya que sus productos tenían que competir con los productos importados por la fuerza desde el resto de Italia. Interesante, no? El enriquecimiento en la ciudad y el empobrecimiento del campo generó un incremento del flujo migratorio hacia la capital, cuya población no paraba de crecer. Así pues, cuando al cabo de unos años se disipaba la euforia por las victorias... los patricios se encontraban con el mismo problema que habían tenido sus ancestros; a saber: ¿cómo alimentar a los plebeyos y demás gentes que acudían a la ciudad en busca de fortuna? Llegados a este punto, las opciones eran limitadas. Desde luego no podía esperarse un aumento de la producción agrícola. Durante toda la Antigüedad, el ser humano fue incapaz de introducir mejoras sustanciales en la agricultura que permitieran aumentar la producción (eso no se conseguirá hasta mediados del s.XVIII cuando los ingleses iniciaron la Revolución Industrial). Otra opción era mandar a la gente de vuelta al campo para que cultivara la tierra en pequeños minifundios. Pero claro, los ricos se negaban en redondo... La única salida era continuar con la política imperial promovida por el Senado.

Sicilia era interesante porque tenía excedentes de trigo que podían ser trasladados a Roma para alimentar a sus ciudadanos. El problema es que también estaba en el punto de mira de la otra gran superpotencia de la época: Cartago. El choque armado entre ambas era inevitable... Las dos se jugaban mucho y quién perdiera tendría serios problemas en casa. El conflicto entre Roma y Cartago duró 100 años. En la primera guerra púnica los romanos conquistaron Sicilia, Córcega y Cerdeña. Lo extraordinario de aquél enfrentamiento fue, sin lugar a dudas, el extraordinario esfuerzo de los romanos por construir una flota de la nada. Cartago sobrevivió a la implosión social porque sus élites expandieron su red comercial a Hispania. Allí fundaron varias colonias –como Cartagena- y establecieron alianzas con los pueblos locales que beneficiaban más a los africanos que a los hispanos. Los romanos por supuesto explotaron ese malestar. Fundaron sus propias colonias y frenaron la expansión de sus enemigos en el Mediterráneo occidental. Estas tensiones geopolíticas se liberaron en la segunda guerra púnica.

Desgraciadamente no puedo extenderme demasiado en la narrativa de los hechos. El ejército de Aníbal derrotó a los romanos en varias batallas y llegó incluso hasta las puertas de la mismísima Roma. Sin embargo la estrategia de tierra quemada propuesta Fabio Máximo –que fue nombrado dictador por el Senado-, dificultó el aprovisionamiento de los cartagineses. Si su ejército marchaba hacia la costa para recibir los suministros que llegaban desde África, los romanos se hacían fuertes en el interior; y si marchaba hacia Roma, perdía la influencia en la costa. Y es que el ejército de Fabio Máximo se movía rellenando los huecos que dejaban las huestes púnicas al desplazarse. Una guerra de desgaste en toda regla. Sin la ayuda de los pueblos itálicos la estrategia de Aníbal estaba condenada al fracaso. Afortunadamente para él, los miembros más arribistas del Senado desplazaron a las “palomas” y éste optó por un enfrentamiento directo contra los invasores que se concretó en la famosa batalla de Cannas. Tito Livio contó así su desenlace:

Nunca antes, estando la ciudad todavía a salvo, se había producido tal grado de excitación y pánico dentro de sus murallas. No intentaré describirlo, ni debilitaré la realidad entrando en detalles... Pues según los informes dos ejércitos consulares y dos cónsules se habían perdido; no existía ya ningún campamento romano, ningún general, ningún soldado; Apulia, Samnio, casi toda Italia estaba a los pies de Aníbal. Con seguridad no hay otra nación que no hubiera sucumbido bajo el peso de tal calamidad.

Tras el desastre de Cannas los romanos se encomendaron otra vez a las tácticas de Fabio. Entonces los galos, los samnitas y los griegos del sur vieron su oportunidad y se rebelaron contra la autoridad de la República. Parecía que las cosas iban bien para los púnicos; pero la posterior pérdida de toda Hispania a manos de Escipión y la derrota de Asdrúbal cambiaron las tornas por completo. Aníbal se dió cuenta de que la victoria se alejaba. Supongo que recibir la cabeza de tu hermano desalienta bastante... Y negoció un tratado de paz con los romanos que puso punto y final a las aspiraciones internacionales de Cartago.

La rebelión social de los Gracos

Conjurado el peligro cartaginés, los romanos asentaron su poder en casi todo el Mediterráneo. Nadie les hacía sombra porque todos los enemigos del momento habían sido derrotados. Los tesoros de Cartago, de Hispania y de Grecia financiaron la vida disipada y ostentosa de los aristócratas del Senado y de los plebeyos ricos que habían sacado tajada de las contiendas. Buena parte de la clase dirigente se helenizó; se dejó influir por la cultura, la filosofía, la religión y el estilo de vida disoluto que llegaba desde Grecia. A todos ellos les importaba un comino la miseria del común de los ciudadanos romanos. Aunque no los desatendían por completo, pues financiaban vastas redes clientelares que aseguraban su poder e influencia política tanto dentro como fuera de Roma (una especie de Estado del Bienestar a la romana). La némesis de este grupo estaba encabezada por Catón, que agrupó a la aristocracia “nacionalista” que no quería olvidar sus orígenes agrícolas, ni su austeridad de carácter basada en la obediencia del pater familias. Este grupo estaba preocupado por la sostenibilidad social de la República y deseaba introducir algunas medidas político-económicas para redistribuir mejor la riqueza y asegurar la supervivencia del Estado a largo plazo. Las dos facciones se enfrentaban en el Senado. Y a veces sin duda saltaban chispas... En cualquier caso, ambas tendencias perduraron en el tiempo y terminaron confluyendo en la personalidad del primer Emperador de Roma, en Octavio Augusto.

Dicen que Catón terminaba todos sus discurso con la máxima: Ceterum censeo Carthaginem esse delendam (Por lo demás, opino que Cartago debe ser destruida). Tal fue su insistencia que, al final, el Senado le hizo caso. Cartago ya no era una amenaza para nadie. Pero imagino que las riquezas que albergaba la ciudad –cuya población era de 1 millón de habitantes-, convenció a los patricios para iniciar una nueva campaña bélica: la tercera guerra púnica.

Ruinas de Cartago (actual Túnez)

Lo que pasó a continuación fue uno de los capítulos más negros de la historia de la Humanidad. La ciudad tunecina no pudo resistir el empuje de las legiones y fue saqueada, incendiada y demolida hasta los cimientos. Casi toda su población pereció y la que sobrevivió fue esclavizada.

Tras las guerras púnicas se agravó la división social entre ricos y pobres. La estrategia de tierra quemada que Fabio Máximo aplicó durante la II guerra púnica favoreció la aparición de grandes latifundios que prosperaron con el empleo de decenas de miles de esclavos que procedían de los territorios conquistados. Los pequeños agricultores no podían competir comercialmente con la aristocracia terrateniente y muchos de ellos se vieron obligados a malvender sus tierras o a emigrar a la ciudad. Y los que se quedaron en el campo, las pasaron canutas. En la ciudad abundaba la miseria, la violencia y los malos olores. Para la mayoría de los patricios la plebe era una sarta de idiotas que no quería trabajar; unos vagos sin remedio a los que se tenía que aplicar la ley cuando robaran o fueran armando bulla por ahí. Se lamentaban de que Cartago ya no existiera... porque al menos antes el populacho obedecía sin rechistar por el miedo que le inspiraban los púnicos. Sin embargo algunos senadores y plebeyos ricos discrepaban de sus iguales y tomaron cartas en el asunto para revertir la situación.

Los reformistas se agruparon en torno a la figura de Tiberio Sempronio Graco. Tiberio era buena familia. Un joven valeroso que se había distinguido en la toma de Cartago pero que se había horrorizado con la pobreza que encontró en Roma cuando volvió tras la guerra. Fue elegido tribuno de la plebe para implementar las reformas que deseaba el ala progresista del Senado; aunque sin suerte, porque su iniciativa política fue boicoteada por el veto de otro tribuno, Octavio (a sueldo del sector reaccionario). Llegados a este punto, Tiberio hizo algo impensable en aquellos tiempos: violentó la legislación republicana para llevar a cabo sus reformas. Sus decisiones eran muy dudosas desde el punto de vista constitucional, pero se apoyó en el populacho para llevarlas a buen puerto. Exigió que la asamblea popular depusiera a Octavio –algo nunca visto en la historia de Roma- y aprobó una ley agraria que expropiaba las tierras de los terratenientes para devolvérsela a la plebe rural. En caso contrario, la República se enfrentaba a una guerra civil de funestas consecuencias...

El problema de fondo, a diferencia del pasado, es que la codicia de los patricios impedía que éstos compartieran sus riquezas con el pueblo para relajar el malestar social. Y ya no había más territorios por conquistar... Así que el grupo de Graco cortó por lo sano. Su iniciativa suscitó una contrarreforma reaccionaria que presentó al joven como un tirano que ambicionaba el poder absoluto como haría cualquier monarca oriental. Esta campaña publicitaria en contra de Tiberio suscitó bastantes apoyos entre el populacho que temía perder los privilegios de la manipulada democracia romana. Muchos se pusieron del lado de los patricios y cuando Tiberio quiso presentarse a la reelección como tribuno –la ley se lo impedía-, fue asesinado por una turba de senadores cabreados que lo molieron a palos y arrojaron su cuerpo al Tíber.

Si no se hubiera presentado a la reelección habría sido procesado por traición y arrojado desde lo alto de la roca Tarpeya. Así que Tiberio no tenía demasiadas alternativas... La conmoción por su muerte, fue aprovechada por su hermano Cayo para encumbrarse tiempo después como nuevo tribuno de la plebe. Cayo terminó las reformas que puso en marcha su hermano y fue más allá. Terminó la reforma agraria; apartó a los senadores de los tribunales (no podrían ser jueces); reguló el precio del trigo en favor de los más necesitados, etc. Aunque la gota que colmó el vaso fue su proyecto de ley para extender la ciudadanía romana a todos los pueblos itálicos, lo cuál abría la puerta del Senado a las élites regionales de la pensínsula. Los patricios se organizaron de un modo parecido a como lo hicieran contra Tiberio. La campaña de desprestigio contra Cayo evitó su tercera reelección como tribuno y entonces éste quiso imponer sus reformas por la fuerza. Aunque sin éxito. Sus seguidores fueron masacrados en el aventino y cuando entendió que había llegado su final... Le pidió a un esclavo que lo asesinara para no caer en manos de sus adversarios.

Tras la desaparición de los Graco, el Senado anuló todas las reformas y la República se sumió en la implosión social. La élite se dividió en facciones que competían entre sí. Cada grupito aprendió de los Graco a violentar la legislación en beneficio propio y a atraer para su causa a los plebeyos que nutrían sus ejércitos. En los siguientes 100 años los romanos padecieron varias guerras civiles y revueltas populares de todo tipo (revueltas en el campo y en las ciudades, rebeliones de esclavos, etc.). Los líderes romanos que salieron victoriosos de esos enfrentamientos, como Sila o César, gobernaron sin apenas oposición a través de un gobierno personalista que cada día se parecía más a una monarquía que a una democracia de grandes notables. Ellos prepararon el terreno para el que sería el primer Emperador de Roma; Octavio, que llevó a cabo una reforma radical del Estado que aseguró su funcionamiento y viabilidad durante varios siglos.

Pero de todo esto hablaremos en el siguiente post que prometo no tendrá desperdicio. Hasta entonces,

 

Que tengáis un buen día!

Nota: Quiero dar expresamente las gracias al Dr. José Remesal por aclararme varias dudas que tenía antes de ponerme a escribir. Él es catedrático de Historia Antigua por la Universidad de Barcelona y miembro de la Real Academia de Historia. Sin duda uno de los máximos expertos mundiales en economía romana y un gran conocedor de la historia romana en general. Por un azar del destino, Pepe y yo ahora somos familia. Y claro, no podía desaprovechar la oportunidad de recurrir a él en la elaboración de estos artículos.

  1. #5
    Gaspar

    Nihil novi sub sole. Nada nuevo bajo el sol. Como bien dices somos los mismos animales pero mas sofisticados. Genial el post esperando los siguientes.

    Saludos y un abrazo

  2. en respuesta a Exiliado
    #4
    Claudio Vargas

    Así es, es bastante curioso. Estoy de acuerdo contigo en que las cosas han cambiado muy poco. Sólo que ahora somos más sofisticados que los antiguos romanos (que ya lo eran bastante!). En los 2 artículos sobre Roma quiero mostrar precisamente eso; que los fundamentales de la economía no han cambiado tanto. La macro de hoy es perfectamente aplicable; pues hoy como entonces, importan igualmente los precios, los salarios, las deudas, la producción, el consumo, etc.
    En el próximo post sobre Roma hablaré del Imperio. De Octavio hasta Septimio Severo. No creo que vaya más allá. La crisis del s.III d.C. la dejaré para un post lejano (creo que tiene muchos puntos en común con la situación actual). Será interesante hablar de Augusto, de Tiberio, de Vespasiano y de Adriano. Tiberio se lleva la palma pues, como veremos, inauguró una nueva lucha de clases: la de los ricos contra los ricos! Me juego lo que quieras que esa modalidad de lucha de clases la veremos en los próximos años... Je je.

    Un abrazo amigo!

  3. #3
    Exiliado

    Que curioso oye, si no hablamos de Zapateros y Rajoys, inversiones en bolsa o reservas de oro, nadie tiene nada que opinar. Como si los fangos de ahora no vinieran de los polvos de entonces, y la economia actual fuera tan diferente de la de Caton.

    Y mira tu que a mi me parece que el post este va menos de romanos, que de dejar entrever que el transcurrir de los milenios solo evidencia que la economia se reduce a un delicado equilibrio entre la produccion y el consumo, y que sus desequilibrios no son solo capaces de hacer subir o bajar los precios, sino de crear imperios y destruir civilizaciones.

    Valida la leccion para Sinuhe el egipcio, Marco el romano, George el tejano o Pepe el hispano.

  4. en respuesta a Siames
    #2
    Claudio Vargas

    Tienes razón Siames en que quizá el texto es un poco maniqueo por el tema de los "patricios y plebeyos"; sobre todo, porque me dejo a la clase ecuestre que pintaba mucho en la sociedad romana. Pero es que si no era imposible sintetizarlo todo en un sólo artículo... Las luchas entre los patricios y los plebeyos me han servido para vehicular la historia. Son muy importantes, pero hay mucho más que contar.
    A la clase ecuestre la dejo para el próximo artículo sobre Roma; que tratará exclusivamente el periodo del Imperio. Aunque no creo que pase del s.III... Hay mucho que contar. A ver cómo lo hacemos...!

    Un abrazo!

  5. #1
    Siames

    Esta muy bien, como gran amante de todo lo que tiene que ver con la historia de Roma te agradezco el articulo que es muy interesante. Es un gran esfuerzo integrar un periodo tan largo en un relato hilado. Por lo mismo te dire también que el texto adolece aveces de un tufillo maniqueo Patricios malos vs plebe buenos que no me parece que refleje bien la complejidad de las relaciones sociales y políticas, pero claro sintetizarlo todo en un breve articulo es muy complicado.

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